Pan-dem-ia

A mediados de marzo del 2020 el confinamiento nos dejó a todos encerrados en casa y por más tiempo de lo que habíamos pensado. En mi caso pensé que se iba a tratar de una anécdota de un par de semanas. La situación fue completamente irreal. Si lo pienso ahora que estamos en junio 2022 y mi mayor preocupación es cuánto va a durar esta ola de calor, no sé si podría volver a pasar de nuevo por lo mismo. Al menos no en un piso minúsculo y dentro de una ciudad.

Fuimos personas que cumplimos con las normas (todas las habidas y por haber y por estúpidas que fueran. Trabajamos durísimo y echamos más horas que un reloj para nuestra empresa. Cero contacto con personas. Aplausos a las 20h por los sanitarios. Higienizante y mascarillas. Pedidos online al supermercado. Desinfectar la compra producto por producto. Facetime con la familia. Paseos en las franjas horarias permitidas. Más higienizante. ¿Has visto lo que está haciendo el vecino? Dios mío. Higienizante. Eso no es Covid-free. FFP2.

Una vez pasado el confinamiento encerrados en un piso enano sin terraza ni balcón, sin ver un árbol durante semanas, compartiendo una ventana a un patio donde la familia más maleducada del barrio se gritaba entre ellos y al resto de vecinos, posiblemente haya sacado de mí una de las peores cosas: mi odio hacia Madrid y a las personas. No me malinterpretes, es el calor que me afecta muchísimo. Sólo a mis enemigos les deseo ESOS vecinos. A ver, que me disperso.

Como el 100% de los planes de verano 2020 que se hicieron antes de conocer la palabra “Covid-19”, nuestro viaje a Los Dolomitas quedó primero en duda y finalmente cancelado. Las restricciones, el miedo a contagiarse y las listas con países prohibidos por la enfermedad, borraron del objetivo nuestro viaje en junio. Ni rutas, ni aviones, ni links de Booking para ver puntuaciones, ahora veíamos índices de contagio y mortalidad. Deprimente ¿eh? Aún así nosotros no nos podemos quejar. En fin, en el verano de 2020 se hizo lo que se pudo.

Septiembre llegó con WIFI  en el pueblo debajo del brazo. La gran revolución en La Mancha. Imagino que como en muchos pueblos de otras regiones, los cables negros caían de las fachadas de las casas como pepitas de oro en California en 1848 o como amianto en las uralitas de los 80s.

Cogimos todos los aparatos tecnológicos de la empresa para teletrabajar, a nuestro súper gato Bruce, las ollas de Samuel, los libros… Cerramos la puerta del piso y nos mudamos a Torre de Flanagan. No lo busques en Google, este nombre no es real. Así es conocido en Australia el nombre de mi pueblo, acuñado por Luis e Inés (no sabéis bien cuánto os echamos de menos).

HOLA PUEBLO. Hola abuela. Hola tito Ángel. Hola Juan Antonio y Daniela (vecinos maravillosos). HOLA CASA. Hola chimenea, terraza, campo, piscina, volcanes en erupción por IG, paseos en bicicleta, barbacoas, tomar el sol, hola lince… HOLA DESCANSO MENTAL. Nunca nos saltamos las normas hasta que nos fuimos a vivir al pueblo.

Todo fue mejor que bien. Todos estuvimos bien. GRACIAS PUEBLO, SAMUEL Y BRUCE.

Bruce. © 2021 Beni Rivas– Todos los derechos reservados

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